Autor: Anónimo  
   
   
   
Contenido: Un ruido llamó su atención, miró hacía abajo y pudo observar como se abría la ventana de enfrente, un piso más abajo. Era él, aquel muchacho que llevaba dos meses viviendo en el edificio, estaba en el baño y se disponía a afeitarse. Tenía el torso desnudo y una toalla enrollada en la cintura, ella no pudo evitar mirarle y se escondió tras la cortina de la ventana como si estuviera haciendo una travesura. Podía verle muy bien desde allí, era un chico muy atractivo, tenía la piel bronceada y los músculos de los brazos marcados, aunque no demasiado. No tenía prácticamente vello en el pecho y se podía adivinar que hacía deporte por su aspecto tan fibroso, llevaba el pelo un poco largo y ondulado.Ella se sorprendió de la excitación que le provocaba ver a ese hombre, deslizó sus manos sobre su bata de seda, acariciándose y dejando que se resbalasen sobre la suave tela, esa sensación le gustaba y disfrutó de ella sin apartar la mirada de la ventana. Sin querer sus manos tiraron del lazo que sujetaba la bata y sus dedos se dirigieron lentamente a su entrepierna, tenía ganas de tocarse, tenía ganas de sentir…

Levantó suavemente la tela de sus braguitas, él estaba terminando de afeitarse y estaba agachado ante el lavabo, lavándose la cara. Se incorporó y de repente sus ojos se clavaron en la imagen de una mujer que le observaba desde el piso de arriba, ella se sobresaltó y se escondió rápidamente tras la cortina, el corazón le latía fuertemente mientras se abrochaba la bata. No podía creer lo que había estado a punto de hacer, ¿le habría visto aquel muchacho?… Tímidamente volvió a mirar a través de la cortina, él seguía allí, se quitó la toalla que le cubría quedando completamente desnudo. Mientras entraba en la ducha volvió a mirar hacía la ventana de arriba y adivinó una silueta agazapada que seguía observándole.

Ella se vistió y decidió salir de casa para ir al supermercado, en el camino iba pensando en lo que le acababa de pasar. Era una mujer madura, tenía cuarenta y siete años, casada y con hijos, aquel muchacho podía ser hijo suyo, tendría unos veinticinco años como mucho. Era feliz en su matrimonio, aunque su vida sexual dejaba mucho que desear, hacía el amor con su marido de manera rutinaria y mecánica, casi no sentía placer. Muchas veces se había imaginado a sí misma como la protagonista de una película porno, probando todas esas cosas que había visto, siendo penetrada por todos lados y por muchos hombres, pero enseguida se arrepentía de esos pensamientos al imaginar lo que pensaría de ella su marido e incluso sus amistades, su círculo social era muy conservador y muy religioso, se sentía como una niña pequeña a la que le decían que eso era pecado. Pero ella intuía que el sexo tenía que ser algo más que lo que su torpe marido le ofrecía en la cama.

Inmersa en sus ensoñaciones volvió a casa cargada de bolsas, el portero le abrió la puerta y la saludó como muchos otros días. Subió en el ascensor hasta el tercer piso y buscó la llave en el bolso, abrió la puerta de su casa y cogió una de las bolsas que había dejado en el suelo, con el pie empujó la puerta para cerrarla pero no se oyó el ruido del portazo habitual. Ella se giró a la vez que una mano le tapaba la boca y el filo de una navaja presionaba contra su cuello, las bolsas cayeron al suelo y pudo ver como una manzana rodaba por el suelo hasta chocar contra una pared.

– No se te ocurra gritar- le susurró una voz al oído.

En el espejo del recibidor pudo ver el reflejo de su atacante, era un hombre alto, llevaba la cara tapada con un pasamontañas negro y las manos enguantadas. Podía notar el tacto del cuero contra sus labios y la fuerza de los brazos que la apretaban contra el pecho de aquel hombre, sin duda era una persona fuerte y joven.

Él empujó la puerta y se cerró de un golpe, después la llevó a la fuerza por el pasillo hasta su habitación y la hizo tumbarse en la cama. Comenzó a llorar, estaba muy asustada y todo su cuerpo temblaba. Él se le acercó sin soltar la navaja y besó sus lágrimas.
– No tienes nada que temer. Estoy aquí para hacer realidad tus sueños.

Y deslizó sus besos hasta su boca, ella se resistió pero ante la fuerza de su lengua y al temor de ser herida por el filo del arma, acabó abriendo sus labios para dejar que la besara. La sensación de esa boca desconocida la desorientó y no se dio cuenta de que mientras recibía ese beso, él la había esposado a los barrotes de la cama. Quiso gritar al verse tan indefensa pero esa lengua ocupaba todavía su boca y no le dejaba hacerlo, así que apretó sus dientes con fuerza y el extraño se retiró rápidamente hacía atrás.
Antes de que pudiera gritar la mano de cuero le tapó la boca mientras le susurraba:

– Confía en mí, por favor.

Los ojos de aquel hombre se clavaron en los suyos y parecían decirle la verdad, parecía que ese hombre no iba a hacerle nada malo. Él le tapó la boca con un pañuelo que sacó de un cajón de la cómoda y se sentó a su lado, observándola. Estuvo así varios minutos, hasta que sus manos comenzaron a acariciarla, suavemente, muy despacio. Ella se puso tensa y no quitaba la miraba de esos ojos que se dejaban ver entre los agujeros del pasamontañas, poco a poco fue relajándose y empezó a sentir lo agradable que eran esas caricias. Esas manos desabrocharon su blusa lentamente y se apoderaron de sus senos, la sensación de los guantes de cuero contra su piel le excitó y cerró los ojos, lo que aquel hombre le hacía le estaba gustando y eso no estaba bien, era un extraño que había irrumpido en su casa y pretendía violarla.

El filo de la navaja rasgó la tela del sujetador y sus pechos quedaron expuestos, con los pezones bien duros. Él acercó sus labios y comenzó a chuparlos, deslizando su lengua con avidez, ella sabía que no iba a poder contenerse a eso y notaba como sus braguitas se humedecían poco a poco. En su interior luchaba por no sentir placer pero esa lengua la volvía loca y no podía resistirse. Sintió unos suaves mordiscos en los pezones mientras unas manos se sumergían bajo su falda buscando su cálida entrepierna. Podía notar la erección de aquel hombre frotándose contra ella, parecía que el pantalón le iba a reventar cuando se desabrochó la cremallera y liberó una enorme verga sonrosada que apuntaba hacía arriba. En su escasa experiencia sexual jamás había visto algo parecido.

Enfrente de la cama había una mesa pequeña, como de un metro de altura, cubierta por una tela de terciopelo y llena de fotografías. Él se dirigió hasta la mesa y de un manotazo tiró todo al suelo, luego se acercó hasta ella y la liberó de sus esposas haciéndola levantar de la cama. Esto la asustó, no sabía lo que se proponía aquel individuo, pero por una extraña razón, no forcejeo demasiado, se dejó llevar hasta la mesa y él la tumbó encima con el pecho apoyado sobre la tela. En un rápido movimiento esposó sus manos a las patas y usó dos pañuelos para sujetar sus tobillos a las otras dos patas. No podía moverse en absoluto, él se le acercó por detrás y le subió la falda hasta la cintura, llevaba unas medias de encaje negro con un liguero y unas braguitas a juego, notó como le rasgaban las bragas con la navaja y su sexo quedaba totalmente expuesto para aquel desconocido.

Los dedos enguantados recorrieron su cálida abertura recogiendo los flujos que comenzaban a salir, esto hizo sonreir al hombre, sabía que ella iba a disfrutar de aquel encuentro. Deslizó la fría navaja por el ardiente sexo , esto la hizo estremecerse. De repente notó una lengua recorriéndola, buscando su vagina, su clítoris… Dios mío, hacía mucho que no sentía tanto placer, alguna vez su marido se había entretenido en hacerla disfrutar, pero ya no se acordaba de eso. Notaba como la lengua se agitaba dentro de su ser y las piernas le temblaban por las oleadas de placer que acudían a su cuerpo. Mientras los dedos de aquel hombre acariciaban su clítoris y conseguían que un orgasmo la invadiera. Abrió los ojos y pudo ver en el suelo una fotografía de su boda con el cristal hecho añicos, aquel extraño le había proporcionado el placer más intenso que había experimentado en su vida. Y ahora quería más y él estaba dispuesto a darselo, se acercó hasta su boca con su pene erecto entre las manos, retiró el pañuelo que la tapaba y la obligó a chuparlo sujetándole el cabello con las manos. Pensó que tendría que forcejear con ella para que se la comiera, pero para su sorpresa ella aceptó ese miembro en su boca y comenzó a mamarlo sin miramientos. Él se derretía de placer, al fin la tenía allí, toda para él, como había soñado muchas veces, chupaba su pene con muchas ganas y se sometía a él como en sus fantasias. Ya no pudo más y se volvió a colocar detrás de ella penetrándola de un golpe, se agarró a sus caderas y comenzó un ritmo frenético entre los gemidos de ambos. Él sabia que debía controlar la situación o se correría pronto, así que ralentizó sus movimientos y con su guante buscó los fluidos que rezumaban de ella, se impregnó bien de ellos y se dirigió a su ano, para comenzar a dilatarlo.

Ella enseguida se dio cuenta de lo que pretendía, nunca había practicado sexo anal y le entró miedo pero decidió relajarse y sentirse como la protagonista de esa película porno que tantas veces había imaginado. Un dedo se introdujo en su ano moviéndose en círculos mientras él seguía follándola sin descanso, la sensación fue un poco dolorosa al principio pero le fue gustando poco a poco y la enloqueció cuando sintió dos dedos en su interior agitándose y dilatando su agujero. Cuando estuvo lista él sacó su miembro de la vagina y lo acercó despacio hasta su ano, penetrándola con cuidado, pero con decisión y hasta el fondo. Un grito de dolor se escapó de sus labios, pero pronto se convirtieron en gritos de placer. Él ya no pudo contenerse más y desató toda su fuerza penetrándola sin cesar , aumentando el ritmo de sus embestidas hasta sentir como un orgasmo le invadía y se corría en su interior mientras le flaqueaban las piernas.
Muy despacio desató sus piernas y después se arrodilló ante ella y se acercó para besarla en los labios mientras soltaba sus manos de las patas de la mesa. Ella le correspondió a aquel beso y él le sonrió, pero enseguida salió corriendo de la habitación y se alejó por el pasillo para salir de la casa dando un portazo.

Ella se quedó tirada en el suelo, pensando en todo lo que acababa de pasar y en todas las sensaciones nuevas que había experimentado. Había descubierto por fin lo que es el placer y lo que es sentir un buen orgasmo, a sus cuarenta y siete años el sexo le ofrecía muchas cosas que jamás había imaginado. Se levantó del suelo y comenzó a recoger la casa para no dejar ninguna huella de lo que había sucedido, al poco tiempo llegó su marido y la encontró en la cocina.
– Hola cariño, ¿Qué tal todo?- dijo mientras le daba un beso distraído.
– Bien, todo bien.

Se acercó a la cortina y pudo ver como se abría la ventana del baño del vecino, allí estaba él y sobre el lavabo tenía un par de guantes de cuero.

 
Autor: Erótika
Resumen: No había querido saber nada, ni cuántos eran, ni su sexo, ni su edad, ni tan siquiera me importaba conocer su físico.Una mano abierta apoyada en mi espalda, y mi concentración centrada en ella, a pesar del resto de las caricias, a pesar de las lenguas que recorrían mi cuerpo, de los besos que invadían mi boca, de los roces de los cuerpos desnudos contra mi piel; a pesar de tantos estímulos sentía que esa mano me poseía simplemente por el hecho de estar en contacto conmigo. Su firmeza me infundía tranquilidad y confianza para afrontar el placer que me estaba llegando desde una docena de lugares distintos.
   
   
Contenido: No había querido saber nada, ni cuántos eran, ni su sexo, ni su edad, ni tan siquiera me importaba conocer su físico. Cuando él me expuso su fantasía de organizar una orgía en la que yo fuese ofrecida a quien quisiese poseerme, me excité tanto que empecé a masturbarme mientras le escuchaba. Aunque se había corrido hacía pocos minutos, el tema de conversación y mi reacción ante su idea le pusieron a tono rápidamente. Pidiéndome que no dejase de tocarme me penetró el culo con delicadeza para acabar follándomelo con todas sus fuerzas.Tardó más de lo que había pensado en preparar aquella fiesta y pasé las semanas de espera en un estado de nerviosismo y excitación constante, pero aún así seguía sin querer conocer ningún detalle.Cuando todo estuvo preparado y la fecha fijada, me preguntó si estaba decidida a hacerlo; intentaba asegurarse de que aquello no influiría en nuestros sentimientos ni afectaría a nuestra relación. Le tranquilicé, yo le quería, lo pasaríamos bien juntos de una forma distinta y no habría problemas por ello. Me sentía muy valiente, muy decidida.Pero según se acercaba el día señalado mi seguridad se tambaleaba y aquella misma mañana lo hubiese anulado todo de no ser por la terrible decepción que le hubiese causado. Así que, en vez de confesarle mis dudas, le pedí que estuviese siempre conmigo, pendiente de mí. Como respuesta me dio un beso rápido, me sonrió y dijo ¡Vamos a pasarlo genial, ya verás!.

Había alquilado para ese fin de semana un caserón alejado de la civilización pero acondicionado con todas las comodidades. Cuando llegamos y lo vi me quedé impresionada. Era muy antiguo, parecía un museo por los tapices y adornos que decoraban las distintas habitaciones. Una historia truculenta de las distintas generaciones que habían habitado allí estaba impresa en un montón de folletos a modo de propaganda en el mueble del recibidor, como reclamo publicitario insinuaba la posibilidad de que las almas de aquellas gentes vagasen aún por la casa, con eso ya se puede hacer uno una idea del aspecto del lugar.

Aunque nuestra fiesta no era hasta el sábado por la noche habíamos decidido irnos el viernes después del trabajo para dormir allí y aprovechar para cambiar de aires, hacer una excursión por los alrededores, dónde nos habían comentado que había parajes preciosos, y comer en un restaurante muy recomendado en todas las guías de ocio situado en un pueblecito cercano. Un fin de semana de lujo el que nos esperaba.

El viernes gastamos el tiempo en inspeccionar la casa y acomodarnos en ella. Metimos las provisiones que habíamos comprado en la nevera y en la despensa, deshicimos nuestras bolsas, nos preparamos una cena ligerita que tomamos en el porche y vimos una peli en una pantalla de esas gigantes y con sonido envolvente que habían instalado en uno de los tres salones que tenía la casita. Casi ni esperamos a que terminase la película para acostarnos de lo cansados que estábamos.

La cama era grande y cómoda, aunque un poco blanda para mi gusto, que estoy acostumbrada a colchones más firmes. A pesar de eso, y de que me suele afectar muchísimo cualquier cambio en mi entorno a la hora de dormir, caí rendida casi nada más acostarme. Me desperté sobresaltada creyendo haber oído un ruido y tardé un momento en darme cuenta de dónde estaba. Las contraventanas no cerraban del todo y un rayo de luz de luna entraba en la habitación. Me dio un escalofrío y me arrimé a Marcos, que dormía profundamente. Estaba a punto de dormirme de nuevo cuando volví a oír algo, me asusté pensando que alguien había entrado en la casa a robar.

– Tengo miedo – dije en un susurro mientras agarraba su brazo y daba tironcitos para despertarle sin conseguirlo.

Me acurruqué más aún a él y me dispuse a escuchar atentamente cualquier ruido sospechoso al tiempo que pensaba lo estúpido que había sido ver una película de suspense precisamente aquella noche. Una nube cubrió la luna y la habitación se oscureció. Marcos se revolvió tras de mí como si soñase y pareció darse cuenta de que estaba pegada a él porque pasó un brazo alrededor de mi cintura atrayéndome contra su cuerpo. Mi espalda presiono contra su pecho, mis nalgas contra su vientre y mis piernas se enroscaron en las suyas. Su mano se deslizó bajo mi camiseta y encontró uno de mis pechos, el “mmmm” que salió de su garganta me excitó tanto o más que su mano explorando mi piel. Mis pezones mostraron su agradecimiento contrayéndose y endureciéndose, pasé un brazo hacia atrás para acercar su cabeza a mi cuello y entonces él, en un movimiento rápido, dejó mi teta y agarró mi mano empujándome y echándose sobre mí. En un instante me vi bocabajo, con las manos aprisionadas por las suyas e inmovilizada bajo su peso.

– Ahora ya no tienes que temer nada – me susurró al oído con una voz distorsionada por el sueño.

Me soltó para sentarse sobre mis glúteos, me quitó la camiseta, apartó el pelo de mi cuello y acarició mis brazos y mi espalda con delicadeza y atención, como si quisiese aprenderse mi cuerpo, como si no lo conociese ya de sobra. Cada caricia me provocaba un escalofrío y me excitaba de una forma exagerada. Mi pubis se aplastaba contra las sábanas y mi deseo me llevaba a intentar moverme aunque sólo fuese unos milímetros para sentir algún roce en aquella zona mía tan necesitada. No sé si notó mi desesperación y quiso complacerme o si se la contagié y quiso complacerse a si mismo; la cuestión es que sin más preámbulos, sin ningún aviso ni paso previo se bajó de su asiento, me abrió las piernas, echó la braga a un lado y me penetro. Sus manos se clavaban en mi espalda y su polla en mi alma porque eso era lo que me parecía, que me follaba hasta el alma. Sus embestidas rápidas y profundas y sus manos dosificando mi respiración con su implacable presión hicieron que me corriese gritando contra la almohada.

– Mañana más – oí que me decía aún con la polla dentro de mí pero ya sin moverse.

Y así me dormí. Bocabajo en la cama y con su peso sobre mí. Cuando desperté él estaba en la ducha, el sol se adivinaba a través de las rendijas de las contraventanas y yo me encontraba feliz.

Pasamos la mañana en plan turistas por el pueblo, paseando entre sus antiguas calles y curioseando en sus tiendecitas de artesanía. Comimos maravillosamente en el restaurante que habíamos reservado y volvimos a casa para descansar un poco y prepararnos para la noche.

Decidí quedarme en el porche leyendo un rato mientras Marcos se tiraba en el sofá a ver la tele. Después de llevar casi veinte minutos leyendo una y otra vez el mismo párrafo, no me enteraba de nada; por más empeño que ponía en concentrarme en el libro no podía dejar de pensar que en unas horas estaría practicando sexo con un montón de extraños. Se me ocurrió que no estaría de más que fuese pensando en lo que me pondría, porque la verdad es que había traído la bolsa llena de ropa interior sugerente con la idea de decidir en el último momento lo que me apetecía para la ocasión.

Subí a la habitación dispuesta a probarme tangas, sujetadores y medias hasta que me cansase. Estaba ya medio desnuda cuando vi algo escrito con carmín en el espejo del tocador. Para que no tengas miedo, mi amor leí y extendida en un pañuelo rojo había una cadena con un precioso y elaborado colgante de plata, en el centro del adorno había una piedra ensartada de tal forma que giraba cuando la rozabas. Mirándola fijamente daba la extraña y placentera sensación de que cambiaba de color por momentos, era difícil quitar los ojos de ella. Me encantó el regalo.

Desnuda, con antifaz, colgante y zapatos, nada más; algo me decía que ésa era la mejor forma de presentarme aquella noche. Y decidí probar cómo me sentiría con ese aspecto. Me puse el colgante, los zapatos y saqué el antifaz que me cegaba y que tenía preparado para la noche, todavía tenías mis dudas sobre si ponérmelo o no. Me lo puse para probar, no veía nada; intenté imaginar qué aspecto tendría; intenté imaginar gente a mi alrededor mirándome; intenté imaginar las escenas que se iban a dar esa noche y que yo iba vivir a través de mis cuatro sentidos restantes. Empecé a excitarme. Busqué la cama a tientas y me tumbe en ella mientras mis manos se deslizaban sobre mi cuerpo. Vinieron a mi mente las caricias de la noche anterior y pensé en cuánto había estimulado aquella aventura que íbamos a cumplir el deseo entre nosotros. Habíamos pasado una mala racha hacía unos meses y ahora todo aquello parecía olvidado. Mientras mis pensamientos divagaban por esos derroteros una de mis manos acariciaba mi colgante nuevo haciendo girar aquella piedrecita entre mis dedos.

Sentí un roce en mis piernas y me sobresalté. ¡Oh no!, me he quedado dormida. Mi primera intención fue quitarme el antifaz pero alguien me lo impidió agarrando mis manos para ayudarme a ponerme en pie. Me parecía que no era Marcos, aunque no estaba segura. ¿Qué hora será? ¿Habrán llegado ya los invitados? Intenté tranquilizarme y pensar con calma.

– Es preciosa – creí entender que decía en un susurro la persona que me agarraba las manos.
– Y nos está esperando – otra voz, ésta la situé detrás de mí.
– Es generoso compartiéndola – dijo una mujer.

Me pregunté cuántas personas habría en la habitación y dónde diablos andaba metido Marcos. No me atrevía a hablar, aunque la verdad es que tampoco sabía qué decir. Los nervios me comenzaron a invadir y decidí quitarme el antifaz para tener más control sobre la situación, pero justo cuando iba a hacerlo, me besó. Un beso de esos nuestros, de esos que hacía tanto tiempo que no nos dábamos, un beso cargado de ternura, erotismo, pasión y deseo, de esos que hacen desaparecer el tiempo y el espacio, de esos que acaban siempre con un suspiro. Fue entonces cuando bajó su mano desde mi nuca, que era dónde había permanecido durante nuestro beso, hasta la mitad de mi espalda, y allí la dejó.

Alguien me agarró por los tobillos y me abrió las piernas, unas manos comenzaron a recorrerlas de forma lenta y acariciante. De pie en esa postura me sentía expuesta y observada y la situación me excitó. Oía voces a mí alrededor, pero todo el mundo hablaba muy bajito y no entendía las conversaciones, me los imaginaba a todos hablándose al oído, en susurros.

A las caricias de esas manos se unió una boca a la que se le antojó besarme el ombligo, primero de forma tímida y luego ya más apasionadamente, introduciendo su lengua en el orificio y agarrándome de las caderas para imitar los movimientos del acto sexual. Pensar que aquella persona, creo que era una mujer, deseaba follarme el ombligo resultó muy motivador.

Pronto estuve rodeada de gente. Sentía manos por todos lados y al notar mi evidente excitación, esas manos y sus dueños perdieron el respeto y delicadeza que inicialmente demostraban y se atrevieron a invadirme y explorarme por completo. Escuchaba sus jadeos mientras distintas bocas se alternaban para besarme. El olfato se me agudizó y el aroma de sexo, saliva y sudor empezó a afectarme también. Mordiscos, lametones, besos, roces y caricias se colaban por cualquier rincón de mi cuerpo. El placer era inmenso; mi primer orgasmo no tardó en llegar y mis jadeos y convulsiones no hicieron más que animar a algunas de aquellas personas a correrse también.

Aquella mano que se diferenciaba del resto por ser mi punto de amarre, decidió entonces bajar hasta mi cintura. Me rodeó con sus brazos y el resto de las personas se apartaron de mí. Me cogió en brazos y me dijo al oído:

– Espero que te haya gustado, los he traído para ti. He leído en tu mente, he visto tus deseos. Yo haré que se cumplan todos. Te quiero. – y me resultó tan extraño que no reconocí ni su voz.

Me tumbó en la cama y me hizo el amor. No sabía dónde se había metido el resto de la gente, no me importaba, me daba igual que estuviesen mirando o que hubiesen desaparecido. Fue algo inolvidable.

Quedé tendida en la cama, paladeando aún aquella experiencia maravillosa y las sensaciones que aún no se habían apagado del todo en mi cuerpo y mucho menos en mi mente. No sabía dónde había ido Marcos. Al cabo de un rato me quité el antifaz y me encontré sola en la habitación, estaba todo patas arriba. Me sorprendió que no fuese noche cerrada, debía ser más pronto de lo que pensaba o mucho más tarde. Justo cuando me levantaba se abrió la puerta y entró Marcos.

– Me he quedado dormido.- y mirando a su alrededor sorprendido: – ¡Vaya desorden! ¿Qué has estado haciendo? ¿Te tienes que duchar todavía? Va a empezar a llegar la gente y nosotros sin preparar.
– ¿La gente? – no entendía qué quería decir.
– Nena, que son las nueve, espabila. – y echándome un segundo vistazo – Bonito colgante. ¿Es nuevo?

Me dio vértigo. Miré al espejo de la cómoda y sólo vi un borrón de carmín. Con una aprensión tremenda me quité a toda prisa la cadena del cuello y la tiré sobre la cama. Tenía miedo de haberme vuelto loca. Marcos se metió en el baño y yo me quedé allí de pie intentando aclararme.

– Marcos,¿me has hecho el amor hace un rato? – me decidí a preguntarle.
– ¿Has tenido un sueño erótico? – dijo asomando la cabeza.
– ¿Y lo de anoche también fue un sueño? – el corazón se me iba a salir por la boca.
– ¿Anoche también? Pues vaya, sí te sienta a ti bien la emoción de la espera, ¡haberme despertado! – dijo partiéndose de risa.

La gente llegó, la fiesta se convirtió en orgía; esta vez sin antifaz. No me atrevía casi ni a parpadear por si perdía contacto con la realidad, lo veía todo como a cámara lenta. Hice todo lo que me solicitaron, me dejé hacer de todo, vi a Marcos con otras, con otros; le vi mirándome mientras disfrutaban de mí. Los invitados perdieron todo pudor y se vivieron escenas tremendamente morbosas. Pero yo no sentí nada. Parece lógico después de lo que acababa de pasarme, sí. Lo inquietante es, que a raíz de ese día no he vuelto a sentir placer ni a disfrutar a no ser que lleve puesto el colgante.

Han pasado dos meses. Mi relación con Marcos se ha roto, él piensa que fue por la orgía, que me afectó demasiado. Se siente culpable por más que le digo que no es por él. Igual es mejor así, me resultaría imposible explicarle lo que me pasa; bueno, ni a él ni a nadie. ¿Cómo podría explicar que vivo obsesionada de esta forma? ¿Que estoy convencida de que mi amante perfecto es un ser irreal? ¿Cómo puede alguien comprender que se pueda amar a un fantasma? ¿Cómo?… Si no lo comprendo ni yo.